Abril fugaz
Viajes al extranjero, compromisos, películas de Nicholas Ray y un ciclo de Teo Hernández en el MoMA
Pasó abril sin que escribiera un solo texto, a pesar de algunos intentos, varias oportunidades perdidas. Karina y yo fuimos a la terrible Londres a finales de marzo, convertida en un parque de atracciones turístico alrededor del alcohol y las tiendas de ropa, blanqueando una ciudad que glorificaba el imperialismo británico. Pero incluso toda esa parafernalia que trató de equiparar el triunfo británico del siglo XIX con el imperio romano parecía haber sido sepultada por el capitalismo más atroz. Ya sólo quedaban inmensas filas de turistas fotografiando todo por ser bonito, grande y/o espectacular, fuese una estatua de la reina Victoria, fuese fandom de Harry Potter o cualquier otra ocurrencia. Trafalgar Square, otro símbolo de la depredación británica, había sido tomada por la colonia irlandesa de la ciudad para celebrar San Patricio. Ironías de la historia. Seguramente la mala impresión que deja la ciudad es culpa de una visita tan fugaz y superficial, que impide trascender lo obvio, y no dudo de que existe un Londres alternativo lejos del Támesis, una ciudad donde es posible vivir. En ese sentido, comparado con Madrid o Barcelona, no parece tan malo. El transporte público funciona bien, con un método de pago práctico y rápido, y no el infinito trámite de tarjetas y recargas de las capitales estatales. Los museos nacionales son gratuitos y están bien organizados. Cosas que en España no consideramos.
Pero también fuimos a Oporto, y Portugal está a otro nivel de crear ciudades habitables. Pese a la invasión de nómadas digitales y turistas extranjeros en la última década, y la extrema gentrificación que avanza sin control, algo permanece. En la ciudad donde acaba el Duero aún puedes encontrar una esencia propia, gente trabajadora viviendo en el propio centro, como las señoras con sus tiendas de paños tradicionales (ahora ya fabricados en China) a un euro en las cuestas que llevan a la catedral. Una ciudad que muestra sus contrastes de forma radical, de sus puentes ambiciosos que se suceden sobre el gran río, sus edificios históricos abandonados, casi en ruinas mientras en la orilla contraria, en Gaia, toda la zona industrial ha sido reconvertida en zona turística con paseos llenos de tiendas de souvenirs y restaurantes. Pero de eso trataré de hablar en otro texto.
Entre medias, Karina y yo nos casamos. O casi. En cierta manera nos casamos ya mucho. Y mirándolo de otra forma, aún nos queda mucho. Ser una pareja en un país como España puede ser un proceso traumático, muchas gestiones, mucho papeleo, mucho tiempo de espera aguardando por terceros. Pero ya tenemos un papel que ratifica nuestra unión, Karina ya no es una turista en este país que censura continuamente a los ciudadanos extranjeros que viven en él, y ya tenemos nuestra casa. La mudanza ocupó el resto del mes, con muchas cosas que mover y ordenar. Ropa, libros, recuerdos y sobre todo planificar esas pequeñas cosas que utilizas en el día a día. Y gestiones kafkianas para cambiar la titularidad del contrato de aguas, de la luz y el gas, horas de colas en edificios públicos.
Por el medio, vimos varias películas de Buñuel de la etapa francesa que yo hacía décadas que no veía. Empezamos bien con Diario de una camarera o Belle de jour, que me gustaron más que nunca, pero luego la pasión se fue rebajando con La vía láctea, El discreto encanto de la burguesía o El fantasma de la libertad, que sin estar mal, parecen un Buñuel conformista. Conformista con su idea de búsqueda de un cine surrealista (muy lejos de La edad de oro) y también con su fascinación por los rostros y los objetos, como en su etapa mexicana. También vimos muchas películas de Oliveira (de lo que espero hablar en otro texto) y de Nicholas Ray, en parte motivados por la próxima publicación de la colección de antologías de textos de Miguel Marías y también porque moviendo cosas de la mudanza aparecieron muchos blurays de sus películas y también la inmensa biografía de Ray escrita por Bernard Eisenschitz, uno de los mejores libros de cine que se hayan escrito nunca.
También salió la segunda parte de nuestras traducciones de textos de Joao Bénard da Costa, publicados por la imprescindible revista argentina Taipei. Al gran crítico y programador portugués lo leemos mucho estos días, ya que escribió sobre todas las películas de Ray, y todos sus textos están recopilados en el volumen de las Folhas da Cinemateca dedicado al gran cineasta de Wisconsin.
Tras ver Hot Blood, una película que me encanta, pese a que a Ray le pareció un trámite que realizó por puro compromiso con Jane Russell, le digo a Karina que tenemos que ver The Revolt of Mamie Stover, uno de los dos filmes que la gran actriz realizó junto a Raoul Walsh. Desde hace años pienso que el glorificado Nicholas Ray, siendo un director inmenso, no es tan bueno. Esto hay que decirlo con mucha precaución. Obviamente cualquier película suya es mejor que cualquier producción de Hollywood de los últimos 30 años, pero no sé si alguna película suya se podría comparar con lo mejor de Raoul Walsh, lo mejor de Henry King, lo mejor de Mizoguchi o lo mejor de Dreyer. Viendo The Revolt of Mamie Stover me parece clara la diferencia. Por muy convulso, atormentado y fascinante que sea el mundo cinematográfico de Ray, no hay la evidencia grandiosa que existe en cada plano de Walsh. La precisión geométrica, el sentido temporal y espacial de cada posición de cámara. Walsh es 24 obras maestras por segundo. La creación de todo un universo en cada plano. Y dentro de cada plano parece existir el amor y el odio, el drama y la comedia, lo profundo y lo más frívolo de una forma tan sencilla, directa y pura que al lado el cine de Nicholas Ray parece demasiado elaborado, demasiado rebuscado. Es un poco como la diferencia entre Bach y Beethoven. O entre Botticelli y Tintoretto. En cualquier caso, Ray es un cineasta realmente conflictivo y no tan fácil de analizar si se quiere ir más allá de los temas comunes que trata (el malditismo, la imposibilidad de regresar al hogar, el fracaso de las relaciones filiales). Hay como una primera etapa, con las películas de la RKO, la Columbia y Johnny Guitar en la Republic que me parecen increíbles, luego un intento de convertirse en un gran cineasta de primer nivel para los grandes estudios donde yo le veo algún problema y luego la etapa de crisis donde aparecen películas tan imperfectas, pero gloriosas, como Bitter Victory o Wind Across the Everglades, que vislumbran el director que pudo haber sido en los 60 y 70 de haber tenido cierta libertad y más estabilidad. La historia del Hollywood de los 60 es una trágica historia de lo que pudo ser y no fue, y que apenas existe en pequeñas dosis: Seven Women, The Legend of Lylah Clare, Shock Corridor, The Chapman Report y otros dramas que parecen originarse en Wind Across the Everglades, cuya producción catastrófica solo ayuda a esa forma alucinada y extraña. Que después Ray hiciese grandes coproducciones internacionales insatisfactorias parece un paréntesis en un cineasta que ya había iniciado un camino completamente diferente, el que le llevaría a hacer We Can’t Go Home Again. Un film que podría haber hecho el Ford que empezó algo nuevo en Seven Women, el Hitchcock de su proyecto nunca realizado Kaleidoscope, el Welles de The Other Side of the Wind o el Vidor de sus películas finales. La continuidad real del cine de los 30 y los 40 radica ahí, por los mismos directores que hicieron grande el cine estadounidense, y no en las operaciones comerciales que desde los años 60 intentaron revivir el esplendor y el gigantismo de épocas anteriores.
En estos días, además, mi gran amigo Francisco Algarín me manda una hermosa foto en la que aparecen juntos el gran Emilio Fernández, el gran clásico del cine mexicano, junto a Teo Hernández, el cineasta parisino, maestro del súper 8, de origen mexicano. Otro vínculo entre el llamado “cine clásico” y el “cine de vanguardia”. Ambos parecen ser que se admiraban mutuamente, de la misma manera que ambos continuaban con su cine una cierta idea del arte sincrético mexicano, que se puede ver en sus grandes pintores y muralistas. Días después, Francisco me manda otra foto de Hernández junto a Manoel de Oliveira. Se conocieron a principios de los años 80 en Francia, donde el maestro portugués vio los filmes de Teo Hernández y quedó enormemente impresionado, lo que hizo que ambos tuviesen una breve correspondencia. Toda esta documentación forma parte del inmenso trabajo de recopilación alrededor de Teo Hernández que Francisco Algarín y Carlos Saldaña llevan años haciendo y que se materializa a partir de la semana que viene en un prodigioso programa en el MoMA de Nueva York, posiblemente el centro mundial en lo que se refiere a programación y preservación cinematográfica. El ciclo muestra todo lo disponible del cineasta. Es, como el cine del propio Teo, un acto de amor. Y sería hermoso que generase mayor atención sobre su cine. Tuvimos un momento, hace unos años, donde el cine de Hernández fue proyectado en varios lugares (incluido la Filmoteca de Galicia, donde pude ver dos de sus obras maestras, Salomé y Lacrima Christi), para luego ir languideciendo en los archivos. Es un cine que te cambia radicalmente la vida, tu forma de ver el cine y que hay que amar especialmente, defender especialmente por su naturaleza frágil, pequeña y alejada de cualquier canon, por mucho que haga continuamente referencia a los grandes iconos del arte, de la música, de la pintura y de la naturaleza. No tan lejos de Manoel de Oliveira, de Emilio Fernández o de Raoul Walsh.

