La pasada edición del S8, la Mostra de Cine periférico de A Coruña, tuvo como tema central el eclipse solar total que tendría lugar el 12 de agosto de 2026. Para Galicia y para España era un gran acontecimiento que no se veía desde hace más de cien años. El 17 de abril de 1912, el pionero gallego de la fotografía y del cine, José Sellier hizo una espectacular serie fotográfica del acontecimiento astronómico y, quién sabe, quizás también la filmó con sus cámaras. No queda registro cinematográfico, pero sus impresiones fotográficas fueron la imagen del festival.
Los eclipses y los fenómenos astronómicos siempre han tenido una gran importancia en el cine, no sólo en el cine experimental. No hay que irse a Brakhage o a Nicky Hamlyn. Michelangelo Antonioni hizo la película más comentada en los días previos al acontecimiento, aunque fuese por la relación directa con el título, L’Eclisse. Aunque yo siempre he tenido especial predilección por Barabbas, donde el director Richard Fleischer y el productor Dino de Laurentiis adaptaron las fechas de producción de la película para hacer coincidir la filmación de la crucifixión de Cristo. Durante ese hecho, cuentan las crónicas, el cielo se oscureció y muchos historiadores del cristianismo lo achacaron a un eclipse que, por cálculos científicos nunca sucedió, pero que el cine sí pudo recrearlo en su totalidad. Hoy cualquier cineasta y cualquier productor lo harían todo con efectos digitales y señalarían que nadie sería capaz de notar la diferencia, pero creo que esas películas caerían en el olvido, y sin embargo, el eclipse de Barabbas, ocurrido el 15 de febrero de 1961, permanecerá como uno de los momentos más ambiciosos y monumentales del cine. Aquel eclipse cruzó la península italiana y el propio Antonioni lo filmó en Florencia con su cámara doméstica, lo que le daría la inspiración para filmar su obra maestra.
El S8 tiene como invitada a Jeanne Liotta, cineasta que se hizo muy conocida en España hace ya casi 20 años por su memorable film Observando el cielo, una crónica de viajes a lo largo de Estados Unidos a través de sus cielos estrellados. La película combina la observación astronómica con una banda sonora que incorpora sonidos de muy baja frecuencia, lo que da una sensación de estar yendo más allá de la percepción sensible de las formas del universo. Pero la película es también la certificación de un viaje por todo un país, por los lugares que visita, una especie de encuentro feliz entre personas y espacios de muy diversa procedencia, la inmensidad de un país gigantesco que se reúne a partir del mismo cielo estrellado. En la sesión dedicada a Liotta, donde se pueden ver otras de sus películas, a medio camino entre la expresión del cuerpo femenino y la experimentación de la naturaleza, hay otras películas de naturaleza astronómica, como Eclipse, donde interviene material filmado de un eclipse en 2003. La película de Kodachrome aparece gastada y rascada, como si en cierta manera reflejase el cambio que el fenómeno produce en la naturaleza. O After Theory donde dos proyectores muestran imágenes que parecen simular el movimiento de rotación de la luna alrededor de la tierra. Y tuvimos, como sorpresa, una pequeña película en súper 8 que la propia Liotta creía perdida y que al hacer la maleta para venir a A Coruña, encontró de casualidad. Se trataba de una pequeña filmación, en una bobina de súper 8 del viaje, los momentos previos y el tránsito de la luna delante del sol en el eclipse que atravesó EEUU en 2017.
Las películas de Liotta hablan de fenómenos científicos perfectamente reconocidos y estudiados, pero también del entusiasmo desbordante que producen. Al igual que el cine, que es un arte marcado por la técnica que crea efectos extraordinarios, pero donde no hay trampa (al menos si se hace bien) sino un método y una forma para construir imágenes. Lo que vemos en Observando el cielo puede ser majestuoso y desbordante, pero no es más que una cuidadosa creación de selección de imágenes y sonidos a partir del montaje. La naturaleza se estremece con un eclipse, cambia de forma súbita y rompe los ritmos habituales de la fauna y la flora, pero todo responde a una secuencia ordenada de fenómenos físicos que dan lugar a un hecho excepcional. Liotta es consciente de ello, y sus películas nunca tratan de engañar, esconder o manifestarse más allá de la naturaleza, ni caer en el pensamiento mágico o paracientífico. Es como un equilibrio hermoso.
Su película más espectacular seguramente sea Path of Totality, donde utiliza una película opaca con perforaciones que al pasar por el proyector no reproduce imágenes, solo la luz que se filtra por la perforación. Entonces asistimos a una serie de parpadeos de luz intensa que Liotta altera superponiendo toda una serie de elementos delante de la cámara, como vidrios deformantes o péndulos. Es cierto que al principio parece no pasar de una mera curiosidad, pero poco a poco la luz se va descomponiendo y desbordando por toda la sala en un ejercicio majestuoso con el proyector. Liotta consigue esa sensación de quiebre total del sentido, de la idea misma de cine, que sólo las mejores películas performativas consisten. Y otro ejemplo que nos lleva a desconfiar de las imágenes mismas del cine, y que éste puede existir sin ellas. Solo con un proyector y una superficie sobre la que se proyecte la luz emitida, ya se pueden lograr grandes cosas.
Entre el final del S8 y el 12 de agosto, fecha del eclipse, pasó bastante tiempo. Karina y yo nos habíamos preparado para el gran día, pero un mes antes la invitaron a Locarno para asistir al festival de cine, una oferta que no pudo rechazar. Mientras llegaba el día vimos varias películas de Ozu con la excusa de que la Cineteca mexicana había programado un pequeño ciclo con algunas películas en 35mm, lo que siempre es un acontecimiento. Sobre Ozu, cuyas películas siguen emocionando a nuevas generaciones de cinéfilos por su manera de representar las relaciones humanas y las situaciones comunes de la vida diaria, se ha escrito mucho y de diferentes maneras. Primero, como un maestro del estilo y de las formas de vida japonesa, demasiado oriental para Occidente y descubierto muy tardíamente. Después está la interpretación de Schrader, que a través de un intrincado aparato formal e intelectual intentó emparentarlo con Dreyer y Bresson, olvidándose de ese lado tan mundano, simple, paradójico y cómico que siempre tienen los filmes del maestro japonés. Recientemente, la traducción al inglés de la obra clave del gran intérprete moderno de Ozu, Shiguéhiko Hasumi, ha renovado el interés por el genio nipón y ha planteado nuevas paradojas. Hasumi reniega de la idea de Ozu como gran formalista y desestima centrar el estudio del cineasta bajo la idea de que no movía la cámara. Para este académico ningún análisis puede ser justo si se realiza desde la negación. Entonces en esta obra asistimos a un despliegue minucioso de diferentes ideas recurrentes en el cine de Ozu: el valor de las ceremonias y de los espacios, la importancia del lenguaje y de los gestos. Pero aún así Hasumi creo que no consigue llegar a explicar por qué una imagen de Ozu es perfectamente reconocible cada vez que la vemos, y hay pocos cineastas de los que se pueda decir algo así. Entiendo que no se puede limitar a Ozu como el cineasta que no movía la cámara (aunque que Hasumi recurra a las pocas películas donde se salta de forma más descarada eso tampoco me parece muy adecuado), pero habría que explicar que la manera en la que Ozu construye cada imagen, las motivaciones y los intereses del cineasta, hacen que mantener la cámara en un lugar concreto sea lo más adecuado para lograr lo que quiere, y es entonces cuando aparece un momento donde hay que moverlo, pues se hace. Es decir, que no creo que para Ozu fuese una norma, sino más bien una consecuencia lógica de lo que quería mostrar.
Al final se trata de no caer en la tentación de pensar en el cineasta como un pensador, como alguien que quiere transmitir una idea, sino como un trabajador que trata de conseguir la imagen adecuada de la forma más fácil posible. Un trabajador que perfecciona su método a partir de la repetición. Y da igual que sea el obrero de una fábrica, un panadero en un horno o un cineasta. El cine contemporáneo, convertido en un contenedor de imágenes vacías que se reproducen sin sentido como excusa mientras se transmite una “gran reflexión” del cineasta, nos ha acostumbrado a no mirar las imágenes, a no tratar de entenderlas, a no pensar en la colocación de la cámara ni a lo que estaba pensando el director a la hora de plantear algo así. Algunos dicen que es demasiado esfuerzo y que así no se disfruta el cine, pero yo creo que conociendo los mecanismos de la creación artística no sólo conseguimos disfrutar más de las auténticas obras maestras, sino que conseguimos liberarnos de la trampa de la ficción, de la manipulación del poder. Las películas de Ozu, como las de Jeanne Liotta, nos obligan a pensar en la existencia de una cámara y de un proyector, porque nos ayudan a ser más libres, más independientes y a cuestionarnos de dónde provienen esas imágenes.
Y llegó el día del eclipse. Mi padre y mi hermano llevaban ya mucho tiempo preparándose. Mi padre siempre ha sido muy aficionado a la astronomía, y recuerdo viajar de niño a las afueras de Lugo para ver las estrellas en días señalados. Cada año, mi madre y él salen a pasear en la noche de San Lorenzo para ver las Perseidas y cuando van a la playa caminan juntos identificando los planetas y las estrellas en el cielo. Sin embargo, en esta ocasión, mamá decidió quedarse en la playa, en una zona donde el eclipse no alcanzaba la totalidad, pero mi padre se volvió para verlo con nosotros. Fuimos a una zona montañosa cerca de Lugo que pensamos que iba a estar vacía, pero ya subiendo la última rampa antes de llegar al mirador vimos que había una larga cola de coches que ocupaba toda la calzada. Arriba, muchas familias y grupos de amigos habían establecido sus campamentos con sillas, toallas, meriendas e incluso telescopios. Mi hermano había creado una serie de cámaras estenopeicas, algunas con cajas de zapatos e incluso una de ellas que tenías que introducir la cabeza y dentro veías perfectamente la circunferencia perfecta del sol.
El eclipse es ciertamente uno de los grandes espectáculos a los que una persona puede asistir. Siempre me han fascinado los fenómenos naturales, pero esto es ir un paso más allá. No sólo es un acontecimiento para la vista, ir viendo cómo progresivamente la luna oculta al sol, sino por todo lo que sucede alrededor, cómo la naturaleza cambia súbitamente. El cambio de la gradiente de color, el descenso de la temperatura, la desaparición de las sombras. Todo es fascinante. Y al mismo tiempo forma parte de una lógica rotunda de los fenómenos celestes. No hay grandilocuencia. Todo se limita a objetos celestes pasando unos por delante de otros, que en cierto sentido es similar, o tiene el mismo desarrollo que cuando dos personas se cruzan en la calle. Es la belleza misma de las matemáticas, de los fenómenos físicos aconteciendo. Como el entusiasmo desbordante de Blaise Pascal explicando las fuerzas gravitatorias en la película de Rossellini.
Esta idea de este fenómeno aparentemente imposible (que no se veía en España desde hace más de 110 años) como algo mundano e inevitable me hizo pensar en Ozu. El cineasta donde las imágenes extraordinarias no nacen de poner un excesivo empeño en ello, sino de la aplicación de un método de trabajo milimétrico y basado en la repetición. En Ochazuke no aji (El sabor del té verde con arroz) hay un momento en el que la protagonista va a ver a su amiga en la tienda de ropa y Ozu crea una serie de planos y contraplanos entre una y otra, y la distancia y altura de la cámara crean la misma perspectiva entre el punto de vista y el cuerpo de las actrices. Y eso crea una sensación de superposición según los planos se van alternando, como si una estuviese encima de la otra. Una de las múltiples extrañezas del cine de Ozu, que aquí convierte el cuerpo de sus dos actrices en una suerte de cuerpos celestes superponiéndose uno sobre el otro.
El cine de Ozu nos fuerza a pensar sobre nuestras más íntimas relaciones personales a través de gestos cotidianos, de situaciones de la vida diaria a las que muchos nos enfrentamos. Nos invita a sentir en contra de una sociedad, la actual, que reprime nuestros impulsos más verdaderos sustituyéndolos por estímulos más inmediatos y más falsos. Viendo el eclipse pensé un poco en eso. Al estar asistiendo al proceso de ocultación del sol a cámara rápida y viendo el mundo cambiar a mi alrededor, no tuve una sensación de “efecto mágico” ni de conexión especial de la naturaleza, sino más bien todo lo contrario, me hizo ser más consciente de todos los fenómenos físicos y químicos que se producen a diario y que han creado la vida tal y como la conocemos. Como una cadena invisible e infinita de cálculos matemáticos que han acabado dando como resultado un instante como ese 12 de agosto de 2026, donde la luna y el sol se encuentran justo desde mi perspectiva.
Es curioso que durante años todos estos fenómenos celestes eran los que despertaban absurdas teorías de la conspiración y expresiones desaforadas de magufismo, pero en la última década todo ha cambiado por completo. En España, uno de los idiotas oficiales de España, para más razón futbolista, se quejaba de la atención que había creado el eclipse en los medios, y veía detrás de eso una conspiración del gobierno y de los poderes oficiales para que se hablase de ello y no de los problemas reales de los españoles. Supongo que la mayoría de ultraderechistas, conspiracionistas y negacionistas están ya en un punto donde consideran unánimemente que la tierra es plana y la existencia de cuerpos celestes, de sistemas solares y rotación de planetas, nada más que una mera invención de los gobiernos para mantener a la gente ocupada.
La realidad es que eclipse hizo que mucha gente saliese a la calle y mirase al cielo. Se juntase en grandes multitudes para observar la naturaleza, en lugar de para ver un partido de fútbol o asistir a un concierto. Para compartir de forma real algo que es mucho más relevante para sus vidas. Un punto de encuentro real que no está motivado por el exceso publicitario de grandes multinacionales. En un mundo que nos ha convencido para hacer colas infinitas con pañal puesto para ver a Taylor Swift o para ver una película de Michael Jackson en una sala Imax grabando con el móvil las reacciones descontroladas de sus fans, me parece un éxito. Creo que nos ayuda a estar un poco más en contacto con la realidad en un momento donde cada vez nos replegamos más. Donde creemos entender el mundo simplemente analizando lo que nos llega a través de la pantalla de nuestro ordenador o nuestro móvil. Y eso es lo que ha creado, o ha dado relevancia a monstruos como Donald Trump o Javier Milei, creer en un hiperindividualismo donde el mundo es una jungla en el que hay que sobrevivir, hay que vencer a los demás, y donde hay que desconfiar de todo, incluso de la astrofísica. Es ese escepticismo negacionista y conspiracionista lo que también acaba con el cine. En esa supuesta liberación de las normas, de la técnica y de las constantes formales del cine, todo se iguala. Y por eso vale tanto Ozu como Nolan, Jeanne Liotta como Project Hail Mary. La destrucción del cine, del arte, de la humanidad y de la vida pasa por no mirar a las cosas por lo que son en su sentido más simple.

