El ejemplo de Béla Tarr
Una pequeña reflexión tras el fallecimiento de uno de los nombres más reconocidos del cine mundial
Como casi todo el mundo, descubrí a Béla Tarr gracias al éxito de Elephant, la película de Gus Van Sant que ganó la Palma de Oro en 2003. Yo tenía entonces 18 años y aquel film basado en la masacre de Columbine era como entrar en la edad adulta, descubrir un tipo de cine que iba más allá de las películas de ficción convencionales. Van Sant había encontrado la inspiración de la película tanto en la brutal Elephant de Alan Clarke como en una bastante desconocida película húngara llamada Sátántangó, cuya proyección en Nueva York había alcanzado proporciones mitológicas y había sido alabada sin condiciones por, entre otros, Susan Sontag. El director de Drugstore Cowboy, que también había estado presente, cambió su forma de ver el cine gracias a la película y se reinventó como cineasta con películas como Gerry, Last Days o Paranoid Park, siendo Elephant la pieza central y la que más fama le dió.
Como admiradores de Van Sant, buscábamos por entonces Sátántangó como locos. Primero vi Werckmeister harmoniak y Kárhozat, que me maravillaron. Pero recuerdo la emoción que tuve cuando conseguí descargarme su film de 1995. Era una pobre versión que parecía un vhs con subtítulos en inglés incrustados. No recuerdo muy bien la razón, pero entonces no pude verla seguida, sino en tramos de dos horas. Cuando acabé, descubrí algo avergonzado que no había buscado bien mis fuentes y que existía una versión en dvd de calidad mucho mayor, así que la descargué y justo tras acabar mi visionado por episodios, me volví a poner la película, esta vez entera. Me dejó una huella muy profunda, tanto que las otras películas de Tarr me parecían irremediablemente peores, como versiones resumidas de su obra mayor.
Después perdí mi contacto con Tarr por un tiempo. Sí vi, con mucho disgusto, A torino loi en una proyección en el festival de Sitges. Elevada a los altares como la obra final de un maestro del cine, a mi me pareció una película vulgar donde los excesos retóricos de la cámara trataban de sublimar de una manera más bien infantil y simplista un film lleno de obviedades y de golpes de efecto.
Unos años después Sátántangó salió en bluray y la nueva versión en DCP viajó por varias filmotecas internacionales, estuvo en algunos festivales e incluso se pudo ver en la plataforma de streaming Filmin (donde vuelve a estar disponible). Entonces la volví a ver. Y aunque la seguí admirando, creo que mi conocimiento del cine y todo lo que había visto entre mi primer visionado y este último, hizo que mi opinión se atenuase. Tarr ponía excesivo énfasis en dejar clara su visión de la historia. En su paternalismo hacia los pobres campesinos. Su estilo preciosista y evocador resultaba en ocasiones demasiado directo, irreal, como si no confiase en que la belleza misma de las cosas saliese a relucir. Creo que Sátántangó es un gran film, pero no tan grande como debería ser. No es Out 1 de Jacques Rivette ni Le soulier du satin de Manoel de Oliveira, otras dos películas excesivas e inabarcables en duración, que te desbordan por la cantidad de conceptos y formas con las que te abruman. Aquí me extiendo más sobre todo esto.
Pero pese a todo, Tarr era un gran ejemplo en el cine de nuestro tiempo. Era un cineasta que en unos tiempos realmente difíciles para la creación cinematográfica consiguió establecer su propia voz, hacer las películas que quiso hacer y como las quiso hacer. Imponerse a un sistema de producción que está destruyendo el cine. Obviamente, las películas de Tarr de su última etapa tenían preproducciones largas, muchas compañías de diferentes países colaborando en la producción y, en cierto modo, participaban del sistema corrupto que la mayoría del cine actual. Pero una vez pasado eso, el cineasta tenía el suficiente poder o la suficiente visión como para realizar las películas que él quería, sin recurrir al plan de rodaje profesional heredado de Hollywood que hace que hoy todas las películas tengan las mismas formas, vengan de Noruega, de Hungría, de Francia o de España. Las películas de Béla Tarr nos decía que no teníamos que tener un set de rodaje con cincuenta personas y tres cámaras diferentes filmando todo. Que en el rodaje había que tener una visión clara de lo que se quería hacer con la cámara. Y en eso, Tarr estaba en la misma categoría que Kaurismaki, que Hong Sang-soo o que Pedro Costa. No quedan muchos más.
Tarr, que tampoco era tan mayor, pero sí un fumador compulsivo, nos recuerda un tiempo donde había cineastas apegados a su tierra, devotos de su gente y sus costumbres. Había un Ingmar Bergman, un Theo Angelopoulos, un Miklos Jancsó, un Satyajit Ray, un Akira Kurosawa. Cineastas que, mejores o peores, encontraron una forma muy localizada de mirar al mundo. Y crearon un contexto donde a su alrededor podían nacer otros cineastas. Para mi ninguno de los anteriores está entre mis directores favoritos. Ninguno hizo Operai, contadini o Hélas pour moi, ni tampoco Vale abraão o Conte d’hiver, pero creo que eran una gran plataforma para empezar a descubrir el cine. Las películas de Béla Tarr me recuerdan un poco a la experiencia que tuve cuando en mi adolescencia descubrí las novelas de Gabriel García Márquez. En su momento, a mis catorce años, me parecía inconcebible que alguien pudiese escribir así. Hoy, desde mi experiencia, quizás ya no lo considero de la misma manera, no es Brecht ni Vittorini, ni Faulkner, quizás su gusto por la metáfora y su predisposición a resultar evocador pueden parecer un poco simples, pero es un inicio, un lugar bastante razonable, digno, por el que comenzar a leer, sin sentirte abrumado, pero tampoco sin ser totalmente violentado por la corrupción cultural que lo domina todo desde hace unas tres décadas.
No he visto muchas películas de Béla Tarr, algunas ni siquiera me gustan, pero era alguien que merecía mi respeto y mi admiración. Alguien que, haciendo el cine que quería hacer, consiguió hacerse un nombre en el mundo del cine. Que la sola mención de su nombre te crease una idea clara en la mente del tipo de cine que realizaba. Es algo que no se puede decir de prácticamente ningún cineasta que ha venido después de él.

