¡Larga vida al súper 8!
Sobre la visita del gran John Porter al S8 Mostra de Cinema Periférico de A Coruña
Llevábamos unos diez años esperando a John Porter, desde que vimos en el festival s8 un programa sobre cine de vanguardia canadiense con un par de películas suyas. Era una cuenta pendiente del festival que se saldaba este año, en el que teníamos dos sesiones de Porter. Me sorprendió de primeras que fuese ese señor con pinta de anciano afable, alto e impulsivo, de grandes brazos y gestos extremadamente amables. John Porter tiene casi ochenta años, pero con la fuerza de un titán. Su muy esperada sesión nos obligó a irnos de otro Q&A por el miedo a quedarnos sin sitio. Estuvimos esperando una hora en la cola. Una vez dentro nos enteramos de que Porter proyectaba él mismo sus propias películas, con el proyector en la sala. Porter dice en la introducción que el público es libre de hablar y hacer preguntas, y que él mismo hablará y comentará cosas de las imágenes.
Diez años dan para esperar mucho de un cineasta ansiado, pero pocas veces las expectativas se ven tan sumamente desbordadas con un cineasta memorable de una integridad incomparable. Porter rueda todas sus películas en súper 8, la mayoría en su pequeño estudio y en sus alrededores, utilizando poco más que la extensión de su mano y las posibilidades que la cámara cinematográfica ofrece en cuanto a manipulación del tiempo y el espacio para crear formas imposibles. Es la reivindicación de un cine portátil, casero, amateur que no necesita más que la voluntad de crear de un individuo. Es un cine sin grandes ambiciones: el propio autor señala que la mayoría de sus películas se pueden realizar de nuevo y que por lo tanto no pasa nada si se pierden o se queman. Porter ha hecho trescientas películas, pero en algunas ocasiones son variaciones o series similares. Sus films son también el antídoto contra la piratería y contra la exclusividad. El cineasta señala que nunca manda sus películas a los festivales porque si hace cine es para proyectarlo y compartirlo él mismo con otras personas, estar en el mismo espacio, crear un espectáculo a la manera de los shows de variedades. Porter es el último gran soñador del cine, de la estirpe del protagonista de La valigia dei sogni, de Comencini.
Pero si las intenciones son ya de por sí apasionantes, mejores son aún las películas. Integridad es la palabra que define este cine. Cuando tus medios y tus intenciones son las correctas, al poner la cámara a funcionar todo cobra forma y sentido. En la primera película de la sesión vemos al propio Porter presentándose y anunciando una proyección de sus películas, mientras todo se mueve a su alrededor. Rodó el film sujetando la cámara con un mástil a una distancia de varios metros. Primero la cámara gira perpendicularmente junto a él, y parece que es el mundo el que se mueve mientras él permanece en el centro, pero luego empieza a girar la cámara libremente y vemos el cuerpo de Porter girando de manera imposible por todo el encuadre.
Sus películas juegan siempre con las posibilidades ópticas y visuales del cine, llenas de trampas y juegos visuales, un poco como las primeras películas de los técnicos de Edison o como películas didácticas para niños intentando explicar el funcionamiento de una cámara y las posibilidades de la persistencia retiniana. Pero también está emparentado con los Lumière en sus retratos urbanos en time lapse que reflejan un tiempo y un lugar concreto (el propio Porter señala que alguno de los lugares desde los que rodó ya no existen debido al desarrollo urbano de Toronto) que se ofrecen como increíbles retratos de vida, de formas de civilización en extinción. Para la película sobre su madre, Porter se filma junto a ella yendo a una zona rural para pintar un paisaje. Los vemos de espaldas a la cámara concentrándose en la pintura y en otros quehaceres. Él comenta durante la proyección que era algo que hacía cuando era niño y que le pidió a su madre hacerlo de nuevo para que quedara registro de aquel momento, de aquel recuerdo compartido. Pero no hay sentimentalismo ni paternalismo alguno. Simplemente una posición de cámara y la duración de un rollo de película de super 8 que registran varias horas de vida en forma de time lapse, con el cielo impresionante moviéndose a velocidad vertiginosa y una perspectiva que parece emular al boceto sobre el que ellos mismos trabajan.
Pero Porter no solo es un retratista, sino alguien que lleva al límite las posibilidades del aparato cinematográfico, cuestionando plenamente la idea de percepción y realismo. Una de sus obras maestras absolutas es Swinging, construida de nuevo en single frame y donde sólo vemos a Porter columpiándose delante de la pantalla, en sentido horizontal a ella. Su cuerpo viene y va, de izquierda a derecha. El cineasta creó un botón cableado con la cámara para, desde el columpio, ir sacando los frames que le interesaban. Lo que en principio parece una película en time lapse brillante y graciosa, se convierte en un reto mayúsculo de nuestra propia visión, ya que vemos su cuerpo moviéndose con la frecuencia de un parpadeo, apareciendo una y otra vez en la misma posición. En ese intento del cineasta por encontrar la quietud del movimiento a base de sacar el frame correcto en el momento adecuado se crea una imagen en movimiento que no siempre es igual porque es imposible que el cuerpo humano reaccione con suficiente precisión a captar el instante concreto, y menos aún cuando estás subido a un columpio.
En Firefly, vemos a Porter frente a la cámara agitando unos dispositivos de luz que crean movimientos concéntricos sobre él. Debido a la alteración de fotogramas del time lapse y a la ligera exposición de luz de la cámara, la imagen resultante que vemos son como unos halos de luz que rodean al cineasta. Ni el mayor especialista de efectos especiales soñaría con algo así. La imagen, de tonos azules y pálidos es sobrecogedora. Por razón de la cantidad de luz en movimiento, se creó un efecto de reflejo en la lente que crea otras formas sobre la pantalla, como destellos y burbujas. Así la película resultante es un festival de rayos de luz que bailan alrededor del cineasta. El film muestra todas las posibilidades de la idea porteriana del cine, que incluyen el error y los fallos técnicos como parte del proceso creativo.
Los films de Porter tienen un lado cómico y performativo que lo iguala también a los grandes payasos de la historia del cine: Chaplin, Lloyd, Keaton y tantos otros que en sus inicios hicieron un cine callejero, doméstico, directo como el de Porter. Una cámara, una calle y un actor bastaban para poner en tela de juicio las convenciones sociales, físicas, materiales y espaciales de nuestra percepción. Pero en Light Sleeper, Porter parece hacer su versión adaptada de Sleep de Warhol, pero aquí en time lapse filmado en súper 8, donde vemos al propio cineasta tratando de dormir con un manto de bombillas. No sólo es hermoso el efecto óptico de la luz levemente expuesta, o del reloj electrónico avanzando a toda velocidad, sino también la frustración del propio Porter actor haciendo frente a su insomnio.
Pero ninguna de sus películas sorprende tanto como Down on me. Nace del deseo de Porter de lanzar una cámara súper 8 en un paracaídas para reflejar el efecto de un cuerpo cayendo sobre la tierra. Pero cuando hizo esa película se dio cuenta de que la cámara no tenía estabilidad suficiente y el resultado era demasiado abstracto. Así que con un amigo creó un dispositivo para que la cámara fuese sujeta a una cuerda elástica con la que crear un efecto de subida y bajada. Así, en la película vemos a Porter en diferentes lugares y la cámara situada en un lugar más alto mientras sube y baja hacia el cineasta, que la espera con ansia, con los brazos abiertos. Pero cuando la cámara termina su movimiento oscilante y parece caer al suelo, hay un corte y estamos en otro lugar diferente donde se repite la situación. El director canadiense utiliza huecos de escaleras, repisas de edificios e incluso puentes para colocar su cámara mientras esta sube y baja sobre él. El efecto es hermoso y nunca visto antes en la historia del cine. La cámara en ocasiones gira y parece centrifugar todas las imágenes a su alrededor. Seguimos viendo a Porter en el centro, pero a su alrededor el mundo parece transformarse en formas romboides y hexagonales, como si viéramos el mundo a través de un caleidoscopio. Incluso cambiando la exposición del visor de la cámara, la luz se vuelve más intensa y las formas se difuminan hasta crear un baile de formas que lo acerca al cine científico alemán y soviético de principios de los años 20. Con su mano y su cámara, Porter nos ha llevado a los límites de la percepción y del arte, sin ninguna ambición, simplemente con un dispositivo utilizado como un juguete infantil. Estamos, pues, ante el auténtico cine obrero, popular y familiar. El que convoca una audiencia sin publicidad ni medios, sino como el prestidigitador que ofrece una hora de sueños imposibles.
Pero aún quedaban más sorpresas. Toy catalogue supone una ruptura con el estilo Porter. En su primera imagen vemos al cineasta sentado en una mesa comiendo cereales. Con la boca llena le escuchamos exclamar: “¡Compro cereales por los regalos que vienen dentro!”. Tras masticar un par de veces, hay un corte y a continuación vemos una mesa sobre la que Porter va enseñando todos los juguetes de cereales que ha ido coleccionando a lo largo de su vida, una catalogación minuciosa de cada caja, de cada juego y de sus materiales plásticos. La película sigue y sigue hasta la extenuación mostrando todo un inmenso catálogo de sueños infantiles, entre lo brillante y lo cutre. Merchandising de beisbol y fútbol, publicidad de Star Trek y otras películas. Y cuando se terminan los cereales, sigue con otros coleccionables y desechos plásticos de todo tipo perfectamente ordenados en sus bolsas correspondientes.
En su cadencia lenta y ordenada, con su voz desapasionada y directa exponiendo sin pausa una vida entregada al coleccionismo, la película recuerda a otras de rememoraciones similares, como Nostalgia de Hollis Frampton o Standard Gauge de Morgan Fisher, pero en su naturaleza de cineasta integral y radical, Porter parece ir un poco más lejos. Porque donde Frampton y Fisher trabajan el dolor por un mundo perdido que ya no vuelve, Porter nos muestra los desechos, lo prescindible del mundo capitalista y el consumismo. La puerta de atrás de los recuerdos. Y hay una bella y congruente reivindicación de la basura, de los restos materiales en los que nadie se fija que es, en última instancia, una reivindicación del formato súper 8 y del arte del maestro absoluto que es John Porter.
Extasiados y entregados a la causa porteriana ya no podíamos pedir nada más, pero el cineasta infatigable, inextinguible aún tenía más que ofrecer. Desde el fondo de la sala, donde proyectaba, se desplazó al frente agarrando un proyector de súper 8 que manejó él mismo, enfocando sobre una parte de la pantalla su film Scanning 8, parte de una serie de films hechos con su amigo David Anderson. Empieza la película y vemos a este hombre saludando. El cuadro de la imagen ocupa apenas una octava parte de la pantalla. De repente, Anderson se mueve hacia la izquierda y Porter mueve el proyector también hacia la izquierda. Luego se repite el movimiento hacia la derecha. En un momento, Anderson mira hacia arriba y poco a poco, la cámara y el rayo de luz manejado por Porter hacen lo mismo, mostrando los rascacielos y el cielo de Toronto. Es como si de repente el proyector no fuese proyector, sino un rayo de luz que ilumina partes de la pantalla oculta, una pantalla que oculta la visión total y que sólo se revela cuando la luz que proyecta el cineasta se posa sobre ese punto concreto. El éxtasis llega cuando la cámara sobrepasa los límites de la pantalla y la imagen sigue por las paredes de la sala, con todos los espectadores girando su cabeza asombrados, con gritos y exclamaciones, hasta que termina su movimiento de 360 grados. El cine, o una idea del cine ha muerto aquí, y ha renacido una idea aún más poderosa, colectiva, pequeña pero peligrosa, hermosa, hecha con las manos y por la gente común. Por un cineasta inconmensurable, un pequeño gran genio llamado John Porter que, rodeado de cables y levantando su proyector súper 8, grita, como poseído “¡Larga vida al súper 8!”.
Si no se celebrasen más ediciones del s8 (que no es el caso) no habría tenido mejor final. Sus responsables (Ángel Rueda, Ana Domínguez y Elena Duque de cabezas visibles de un equipo más amplio) podrían decir “ya hemos hecho nuestro trabajo”. No se puede pedir más. Como mucho más proyecciones de John Porter. O más cineastas como Porter que piensen el cine más allá de sus tópicos, incluso los tópicos del cine de vanguardia. Porter es al mismo tiempo Chaplin y Eisenstein, Brakhage y Frampton, Lumière y Meliès, y lo es con un cine portátil, comunitario, ecológico y hecho con los desechos a los que nadie presta atención. El cineasta que el mundo y el cine necesitan más que nunca.

